Anécdotas y relatos en forma seriada acerca de viajes que he realizado y te darán minutos de placer literario y entretenimiento. Fotos de ciudades que he visitado. Videos de arte, poesia, enseñanza de español e inglés.
Viernes por la noche, julio de 1998. Calor insoportable. Aeropuerto José Martí de La Habana. Me esperan varias horas de vuelo sobre el Atlántico, bordeando la costa oriental de los Estados Unidos, con dirección noreste, rumbo a Londres. Me duermo. Me despierta la luna más brillante que jamás haya visto. La estoy viendo con diez quilómetros menos de polvo, niebla y otros contaminantes entre ella y yo. Me duermo. Me despierta un sol que de tanto brillar, se me antojaba blanco. Miro el reloj. Son las cuatro y algo más de la madrugada. Entre los casi mil quilómetros por hora que avanzaba hacia él y los muchos otros con que avanzaba él hacia mi, se produce ese encuentro brillante, inesperado. Debajo, solo una alfombra blanca de nubes que lo cubría todo. Temperatura interior: 22 grados Celsius. Temperatura exterior: 59 grados Celsius bajo cero. Comenzamos a descender. Veo las primeras manchas verdes, británicas. Temperatura en el aeropuerto Gatwick de Londres: 14 grados Celsius. Estiro los pies sobre tierra firme después de muchas horas suspendido a 10,000 metros sobre el amplio océano. Aún me queda otro vuelo, hacia Edimburgo. Necesito moverme hasta Heathrow para tomar otro avión. Estaba a punto de poner a prueba, por primera vez en su tierra natal, el inglés que tan bien creía conocer. Comienzo a indagar como salir del aeropuerto y encontrar transporte hacia Heathrow. Todos me entendían perfectamente, pero yo no entendía nada de lo que tan amablemente me indicaban. Hice las mismas preguntas a varias personas y con los fragmentos que entendía aquí y allá pude componer una respuesta que me permitió salir y encontrar un bus que me llevara al próximo aeropuerto. Aún no me imaginaba las sorpresas que me aguardaban antes de llegar a mi destino. (Continuará)