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18 julio 2009 6 18 /07 /julio /2009 23:33

Después de comer regreso al hostal. Leo algunos de los tantos “papelitos” que había tomado de cuanto estante encontré en la terminal de trenes. Algunos explicaban medidas para evitar la Meningoencefalitis, otros anunciaban revistas o periódicos y así me fui quedando dormido hasta la madrugada cuando me despierto y me pongo más cómodo y apago la luz. En la mañana del lunes encuentro la pequeña habitación donde, en un mostrador pegado a la pared, se alineaban varios potes con azúcar, café instantáneo,  bolsitas de chocolate, te y leche en polvo. Tomo agua caliente de una jarra y me hago un café con leche a la cubana. La salida del hostal era a las 10 de la mañana. Aun podía dejar mis cosas y hacer otro intento en el teléfono. Esta vez, me sorprende una respuesta, una voz femenina que pregunta quien soy. Le digo que soy Daniel, de Cuba. Enseguida me explica que ellos estaban para un campismo, que me esperaban para el otro fin de semana, que estaban muy apenados, que fuera para allá enseguida. Regreso, recojo mi inseparable maletín negro, pago y me encamino a pie hacia la casa. Ya el camino me era familiar. Me abre una mujer joven con acento americano. Me lleva a la cocina para que desayune mientras se disculpa de nuevo y me explica la confusión. Me presenta un niño de unos tres años y una niña de cuatro o cinco años. Rubios, con mirada inteligente y bastante sociables. Son sus hijos. Son de Estados Unidos y están pasando unos días en la casa. El esposo era periodista y regresaría más tarde. Me llevaron al cuarto que ocuparía por unos días hasta que estuviera listo el campus de la universidad donde iba a estar el resto del tiempo. Había bastante periódicos viejos para entretenerse y televisión. Leí detalladamente sobre la muerte de Frank Sinatra y Lady Di. La casa era de clase media alta, algo desarreglada como indicio de la falta del verdadero dueño. En la noche hicimos tertulia en la cocina. El esposo se llamaba igual que yo. Comentamos de disímiles temas y nos contamos anécdotas interesantes. Me dijo que él también tenía dificultad en entender el acento británico y particularmente el acento escocés. Ya estaba en un ambiente familiar, resguardado del frío y con comida al alcance de la mano siempre que sintiera hambre. Solo me molestaba tener que bajar la escalera y salir a los escalones externos de la casa para fumar. (Continuará)

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16 julio 2009 4 16 /07 /julio /2009 16:35

Después de recorrer los alrededores y mirar insistentemente el reloj, lo que me provocaba una sensación de lentitud desesperante, me dirijo de nuevo al posible refugio reparador. La sombría señora de hacía dos horas me mira con cierta indiferencia, como si nunca me hubiera visto. Le recuerdo quien era y la respuesta que me había dado. Ahora me dice que aun las habitaciones no estaban listas, que sería alrededor de las dos de la tarde que podría entrar. Con una fluidez inimaginable la ataco con la explicación de mi situación: soy cubano, llevo casi 48 horas sin dormir, le muestro los ojos enrojecidos, las ojeras, la barba crecida... Ni un gesto que delatara compasión en su rostro. Me callo, me siento en el único sofá que había en un rincón oscuro y húmedo. Unos minutos después se me acerca una mujer, rubia, de unos 60 años, con uniforme de empleada y una escoba en la mano. Mira a su alrededor, la mujer de la recepción, no estaba. Me dice que la siga por otra escalera, ahora metálica. Me muestra una habitación, me da la llave y dice que había oído todo y que sabía como me sentía. Añade que no me preocupara, que descansara. Se lo agradecí y exploré con la vista la habitación. Pequeña, con una cama personal muy limpia y acogedora, una mesita con un espejo en la pared y una silla. Ni una sola ventana. La luz era blanca, clara. A las seis de la tarde, me despierto. Me siento aliviado, pero con hambre. Bajo y encuentro el baño detrás de la pequeña recepción que ahora estaba vacía. Una hilera de duchas a ambos lados y algunos espejos y lavamanos. Me afeito, me lavo la cara y el cuello, pero no me apetece darme una ducha. Salgo en busca de un lugar donde comer algo y hacer otro intento en el teléfono. Ya la tarde estaba fría y oscurecía. Entro en un KFC y pido una ración de pollo con papas fritas y una Coca-cola. El precio me hace recordar que si no consigo otro medio de alimentarme, el dinero que llevaba para dos meses no me alcanzaría ni para uno.  (Continuará)

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5 julio 2009 7 05 /07 /julio /2009 18:10

Salgo del baño después de lavarme la cara. Busco donde comer algo caliente. Me quedo unos minutos frente a los andenes viendo y escuchando la gran diferencia entre la forma en que se escribían los nombres de los destinos y la forma en que los pronunciaban en la amplificación local. Por supuesto, diferencia inexistente para los oriundos de aquella ciudad norteña. Cuando creí que era una hora apropiada para hacerlo, me dirigí de nuevo a las cabinas telefónicas con esperanza renovada. Solo logré escuchar el familiar sonido del timbre. Nadie contestó durante los casi 40 minutos que estuve insistiendo. Tenía que cambiar mis intereses. Busqué entonces entre los múltiples afiches que anunciaban hostales que cumplieran con dos requisitos indispensables: cercanía a la estación y precio acorde con mis posibilidades. Después de varios minutos, encontré uno bastante adecuado. Estaba solo a unos 50 metros de la estación y anunciaba precios desde 15 libras esterlinas con baño compartido y continental breakfast incluido. Caminé la distancia con pasos rápidos. Me detengo frente a una construcción de piedras gris verdosas; me imagino estar frente a un edificio de la edad media. Subo una escalera angosta y húmeda que desemboca en un pequeño salón con un mostrador rojo, una lámpara que emitía una luz amarilla y una silla vacía detrás del mostrador. Doy unos toques en él y aparece una señora de unos 50 años. Le pregunto si hay posibilidades de pasar una noche allí. Me dice que solo queda una habitación que me costaría 25 libras. Las más baratas estaban ya ocupadas. La hora de entrada era a las 10 de la mañana. Solo faltaban dos horas. Me dedico a recorrer los alrededores con cierta sensación de alivio. (Continuará)  

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1 julio 2009 3 01 /07 /julio /2009 15:57

Seguía sentado en los escalones. La llovizna arreciaba por momentos. La temperatura estaba considerablemente baja, al menos para un cubano que acababa de llegar de una ciudad con 32 grados Celsius de temperatura y una humedad relativa de 90 por ciento.

Pensaba que en cualquier momento me asaltarían, pero en realidad las pocas personas que pasaban a mi lado eran las que se asustaban al ver aquella sombra encapuchada y se alejaban de mí. Cada vez que alzaba la vista me atraía grandemente un letrero lumínico con el nombre de un hotel, a unos 70 metros. Me imaginaba una habitación calentita, cómoda y una cama grande que me envolvía en la suavidad de sus sábanas. Tanta fue la tentación que me encaminé hasta el hotel, toqué a la puerta. Un portero somnoliento me entreabre la puerta de cristal y me pregunta algo. Yo solo atino a responder con otra pregunta relacionada con el precio de una noche allí. La respuesta fue rápida y cortante: setenta libras esterlinas. Aquello era más de lo que llevaba conmigo. Solo di las gracias y volví a mi rincón. La noche seguía fría, húmeda, silenciosa y excesivamente indescifrable. Mi reloj parecía moverse muy lentamente. Las dos... las tres de la mañana. Me dormía por momentos, vencido por el cansancio y el hambre. De pronto, todo a mi alrededor cambia. Comienzan a llegar taxis y “guaguas”, como le decimos a los buses en Cuba. Miro el reloj: casi las cuatro de la mañana, la calle se llena de jóvenes, gritos, algarabía, movimiento. Algunos jóvenes se subían a los bancos, bailaban, se besaban, se abrazaban, se caían al piso, abrazados y rodaban acompañados de risas y gritos. No salía de mi asombro, con miedo a subir demasiado la cabeza. Quería aparentar que dormía. Inesperadamente, con la misma rapidez con que comenzó todo, todo terminó. Había la cantidad suficiente de buses y taxis para llevarse aquella marea de jóvenes y alegría, como si estuviera muy bien planificado de antemano. Todo vuelve a la calma en cuestión de unos 30 minutos. Ya no estaba muy seguro de si aquello había pasado o lo había soñado. Al fin llega las seis de la mañana del domingo. Regreso a la terminal de trenes que ya había abierto. Me asusto de mi cara en el espejo del baño. Grandes ojeras, barba crecida y un rictus de cansancio, angustia, hambre y sueño en el rostro. (Continuará)

 

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24 junio 2009 3 24 /06 /junio /2009 15:16

Me acomodo lo mejor posible, pongo los pies sobre el maletín para notar cualquier movimiento. El reloj marcaba las 11 de la noche. Siento unos toques en mi hombro, abro los ojos y veo el reloj marcando las 11:50 p.m. No me percaté de los 45 minutos que había dormido. Miro a mi derecha y ¡sorpresa! A mi lado estaba de pie una verdadera policewoman, igualita a la de las películas y los libros de texto con los que había estudiado. Me dice que tengo que salir de la estación, que van a cerrar en unos minutos. Me apresuro a explicarle mi situación. Le pregunto además sobre el nivel de peligrosidad de la ciudad para pasar una noche de sábado en la calle. Me responde que podría ir a la terminal de buses, que no cierra, y seguidamente me empieza a dar orientación para llegar hasta ella. Nombres de calles que no significaban nada para mí. Solo capté algunos turn right y turn left (doble a la derecha, doble a la izquierda) y con esa información y mi maletín negro me dispuse a comenzar mi viaje hacia la terminal. No sé aun como, pero en unos 15 minutos de andar por calles desiertas y oscuras, llegué a la terminal de buses. No me atrevía a entrar. Solo veía entradas que bajaban hasta el sótano de un edificio oscuro. Regresé sobre mis pasos. Ya la terminal de trenes había cerrado y me siento en una parada de buses que hay frente a la estación. Allí me acomodo lo mejor posible. El cielo aun con un color blanquecino. Pocas personas en la calle, la temperatura baja. No me siento lo suficientemente cómodo allí. Me dirijo a un edificio cercano, me siento en los escalones de entrada. Pongo el maletín entre mis piernas. Miro a mi alrededor: todo parece tranquilo. Me cubro la cabeza con el gorrito y la inclino sobre mis rodillas. Aun no habían terminado las sorpresas. (Continuará)

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19 junio 2009 5 19 /06 /junio /2009 17:04

Continúo sentado en los escalones, la llovizna arrecia. Tiemblo de frío. Vuelvo a sentir hambre. Era alrededor de las ocho de la noche. El cielo seguía claro a pesar de la hora y la llovizna. Pienso que allí no hacía nada. Me levanto y arrastro conmigo aquel maletín negro que era la única compañía familiar que tenía desde que salí de la terminal tres del aeropuerto José Martí de La Habana. Camino por calles semidesiertas. La humedad de la calle ya llegaba a mis pies. Veo un establecimiento que anuncia Fish and Chips. Pido una ración y una Pepsi. Lo devoro todo con rapidez. Pago y sigo mi camino de regreso a Waverly. Al menos allí estaría bajo techo y con una temperatura más agradable. Me llama la atención la cantidad de jóvenes que se apresuraban a tomar su tren cargados de mochilas y alegría. Deduje que por ser sábado se iban de camping por el fin de semana. Tengo frente a mí un reloj de pared que marcaba las 9:30 p.m. Se me cierran los ojos sin darme cuenta.  Cuando los abro de nuevo, a pesar de que solo me parecía que habían pasado unos minutos, ya el reloj marcaba las 10:40 p.m. Voy al baño de nuevo. Salgo al portal de la estación. Alguien se me acerca y me pide un cigarrillo. Le doy un Partagás, sin filtro, de la única caja que llevaba desde Cuba, ya que pensaba dejar de fumar durante mi estancia en Edimburgo.  El hombre mira el cigarrillo con expresión de asombro y me pregunta porque parte se enciende. Le explico y le advierto que es fuerte, que es tabaco negro, cubano. Más asombrado y casi ahogado quedó cuando la primera bocanada de humo llegó a su garganta y pulmones. Tosió, me miró extrañado, botó el cigarrillo y jamás lo volví a ver. Aun insisto en una nueva llamada telefónica, pero nada en absoluto. Regreso al banco de madera en el interior de la estación y decido ya pasar el resto de la noche sentado allí. Tenía la esperanza de que al amanecer del domingo pudiera ponerme en contacto con las personas que debían haberme esperado. (Continuará)

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18 junio 2009 4 18 /06 /junio /2009 16:25

Ya en el aeropuerto de Edimburgo, sin dejar de utilizar la estrategia lingüística que puse en práctica al llegar, logro abordar un bus hacia la estación de trenes Waverely. Viajé cómodo y sin contratiempos. Ya eran casi las 6 de la tarde y a pesar de estar en pleno verano, la temperatura bajaba considerablemente. Pero ya estaba allí, a unos pasos de encontrarme con la casa que me acogería. La tensión provocada por todo lo sucedido anteriormente empezaba a ceder. Ahora me percataba que hacía 24 horas que había salido de mi casa en La Habana. Que durante esas 24 horas solo había cerrado los ojos por momentos, en mi viaje hacia Londres. La barba comenzaba a verse. Una leve sombra gris debajo de mis ojos y dolor en todo el cuerpo se hacían presente. Me percaté de una sensación extraña que pude identificar: tenía hambre. Por primera vez desde que salí de Cuba miré a mi alrededor en busca de algo que no fuera encontrar la manera de salir de allí. Localicé un baño. Me lavé la cara, me peiné y sentí cierto bienestar. Esto me permitió dedicarme a buscar donde comer algo. Ya había cambiado 100 dólares en el aeropuerto de Gatwick donde solo había recibido unas 60 libras esterlinas. De todas formas, priorizo hacer la llamada que me llevaría a lugar seguro. En la entrada de la estación hay varias cabinas de teléfonos públicos. Marco el número. Timbre. Espero unos minutos. Timbre. Nadie contesta. Así estuve casi una hora y siempre la misma respuesta: timbre. La angustia vuelve apoderarse de mí, se me olvida la sensación de hambre. Tomo el mapa y me dirijo a pie hacia el lugar donde tenía señalada la casa donde me quedaría. Ya era más de las siete de la noche, pero había claridad, el cielo estaba gris azulado. Estaba en una latitud donde en verano las tardes se alargan bastante durante esta época del año. Llego, toco a la puerta de una casa de dos pisos. Nadie contesta. Insisto. Nada. Camino por los alrededores, nadie a la vista. Miro sobre una tapia relativamente baja en el jardín de una casa vecina. Una señora recogía ropa que tenía tendida. Le pregunto por los habitantes de la casa y me dice que hacía tiempo no veía a nadie en esa casa, solo a alguien que de vez en vez venía a limpiar. Regreso. Insisto en llamar a la puerta. Siempre la misma respuesta, nadie en la casa. Me siento en unos escalones a la entrada, percibo que la temperatura había bajado aun más y que comenzaba a caer una fina llovizna. Me tapo la cabeza con un pequeño gorro que llevaba mi abrigo. Un abrigo para las temperaturas de Cuba, jamás para la temperatura de Edimburgo a esa hora, aun en verano. La noche seguía cayendo sobre la ciudad, al igual que la angustia y el desespero caían sobre mí. (Continuará)

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17 junio 2009 3 17 /06 /junio /2009 16:26

El viaje de Gatwick a Heathrow fue cómodo en un bus de la compañía Speed Link. Ya en Heathrow no dudé en poner en práctica la experiencia lingüística anterior. Cuando me presento al buró de despacho de British Airways correspondiente al vuelo que debía tomar para Edimburgo y presento mi pasaje, la empleada me explica algo de lo que solo entendí que el vuelo estaba lleno y la palabra volunteer. Me quedé un momento tratando de digerir aquello y le explico que esa capacidad había sido reservada desde Cuba hacía más de un mes, que no entendía como podía estar el vuelo lleno. Capté perfectamente cuando me explicó que eso sucedía con mucha frecuencia. Entonces pedí aclaración sobre lo de volunteer. La empleada me explica con voz dulce que si yo voluntariamente acepto la falta de cupo para el vuelo y me inscribo en una lista de espera, tengo posibilidades de volar si alguno de los pasajeros no toma el vuelo. Accedí. Ahora solo me preocupa el poder entender la amplificación local cuando mencionaran mi nombre, si es que lo hacían. Pocos minutos después, oigo el número de mi vuelo. Aguzo los oídos y escuho mi nombre perfectamente, en segundo lugar. Un baño de alivio recorrió todo mi cuerpo. Poco después, aterrizamos en el aeropuerto internacional de Edimburgo. Ahora tenía por delante la tarea de salir de allí y dirigirme a la estación de trenes Waverely, en el centro de la ciudad. Cuando tenía la esperanza de que lo peor había pasado, ya las nubes de la próxima tormenta se empezaban a acumular sobre mí. (Continuará)

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11 junio 2009 4 11 /06 /junio /2009 15:25
Viernes por la noche, julio de 1998. Calor insoportable. Aeropuerto José Martí de La Habana. Me esperan varias horas de vuelo sobre el Atlántico, bordeando la costa oriental de los Estados Unidos, con dirección noreste, rumbo a Londres. Me duermo. Me despierta la luna más brillante que jamás haya visto. La estoy viendo con diez quilómetros menos de polvo, niebla y otros contaminantes entre ella y yo. Me duermo. Me despierta un sol que de tanto brillar, se me antojaba blanco. Miro el reloj. Son las cuatro y algo más de la madrugada. Entre los casi mil quilómetros por hora que avanzaba hacia él y los muchos otros con que avanzaba él hacia mi, se produce ese encuentro brillante, inesperado. Debajo, solo una alfombra blanca de nubes que lo cubría todo. Temperatura interior: 22 grados Celsius. Temperatura exterior: 59 grados Celsius bajo cero. Comenzamos a descender. Veo las primeras manchas verdes, británicas. Temperatura en el aeropuerto Gatwick de Londres: 14 grados Celsius.  Estiro los pies sobre tierra firme después de muchas horas suspendido a 10,000 metros sobre el amplio océano. Aún me queda otro vuelo, hacia Edimburgo. Necesito moverme hasta Heathrow para tomar otro avión. Estaba a punto de poner a prueba, por primera vez en su tierra natal, el inglés que tan bien creía conocer.  Comienzo a indagar como salir del aeropuerto y encontrar transporte hacia Heathrow. Todos me entendían perfectamente, pero yo no entendía nada de lo que tan amablemente me indicaban. Hice las mismas preguntas a varias personas y con los fragmentos que entendía aquí y allá pude componer una respuesta que me permitió salir y encontrar un bus que me llevara al próximo aeropuerto. Aún no me imaginaba las sorpresas que me aguardaban antes de llegar a mi destino. (Continuará) 
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11 junio 2009 4 11 /06 /junio /2009 15:17

Hola. Esta es mi primera página. Soy un profesional de más de 50 años, casado, tengo tres hijos y dos nietos. He tenido la oportunidad de hacer algunos viajes alrededor del mundo y quisiera compartir con ustedes algunas anécdotas relacionadas con ellos, acompañadas de fotos y videos.  Espero les interesen. Gracias. Esta es una foto de La Habana, Cuba, la ciudad donde nací y vivo. Una ciudad que quiero mucho. En estos momentos, por razones de trabajo, vivo en una ciudad de América del Sur. Estoy viviendo en Cuba de nuevo desde mayo de 2011. (I am living back in Cuba since May 2011)

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  • : El blog de Daniel
  • : Anécdotas y relatos en forma seriada acerca de viajes que he realizado y te darán minutos de placer literario y entretenimiento. Fotos de ciudades que he visitado. Videos de arte, poesia, enseñanza de español e inglés.
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  • Soy un profesional de la enseñanza, fundamentalmente la enseñanza de idiomas. Soy casado, tengo tre hijos y dos nietos. Adoro la literatura, la informática, los idiomas, las fotos y el video.
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